Toda persona, cuando se le ofrece una formula magistral, piensa que es una especie de atajo, algo que le va a permitir ahorrarse tiempo y dinero, y que casi de forma milagrosa va a obtener los resultados pretendidos, desgraciadamente, para ser un gran catador de vinos, incluso un buen catador, no hay  atajos; para conseguir nuestro objetivo, deberemos aplicar escrupulosamente estos diez mandatos del Dios Baco, y esperar pacientemente unas décadas para poder asimilar estos consejos y posteriormente podremos sentir todo lo que el vino es capaz de darnos.

  1. Mecanizar hábitos.

Es decir, siempre mirar el color de los vinos que tomamos, ver si se corresponde con su añada, observar las piernas o lágrimas que forma en las paredes de la copa, olfatear detenidamente, saborear minuciosamente, tener mucho tiempo el vino en la boca, barbotear con él (vía retronasal), recordarlo, escribirlo, catarlo con buenas copas. En definitiva, tener una actitud de análisis y disfrute ante el vino.

Louis Pasteur en su laboratorio

  1. Viajar a zonas vinícolas.

Para ser un buen catador de vinos, es imprescindible viajar, conocer las mejores bodegas, y las zonas vinícolas más prestigiosas, catar con los enólogos, (sin creer lo que nos digan a pies juntillas) oler el paisaje donde vegetan las viñas, tocar su suelo, e impregnarse de la cultura circundante.

Solo así podremos saber si el vino allí elaborado, es autentico, respeta su “terroir”, y nos está contando fielmente de donde viene. Además, estos viajes nos ayudarán a crear anclajes emocionales, que en el futuro nos proporcionarán más placer, tanto intelectual como físico. Solo si asociamos el placer puramente sensorial con el placer intelectual podremos extraer todas las sensaciones que un vino puede ofrecernos.

Montrachet en Borgoña

  1. Gastarse dinero en vinos.

Únicamente catando los mejores vinos del mundo, podemos construirnos una escala de valores vinícola ecuánime y sólida.

Sin esa vara de medir, nunca sabremos si un vino es bueno o malo. Sabremos que un vino es bueno, cuando lo comparemos a los mejores, y salga victorioso, cuando esta comparación no sea posible, deberemos equipararlo a los que hemos catado anteriormente.

Para edificar esta escala de valores vinícolas, es necesario gastarse mucho dinero en grandes vinos. Por desgracia no hay otro camino. No existen los atajos, ni los vinos o sensaciones por delegación. Debemos de catarlos nosotros mismos. Y para nuestra desgracia, debemos saber que ¡Nadie regala buenos vinos!, cuando uno va a una feria vinícola, sobre todo si es de esas elefantiásicas, se encuentra con miles de bodegas, que elaboran vinos mediocres o como mucho correctos, regalando su vino al primer desavisado que pase junto a su stand. Esos, desde luego no son los mejores vinos del mundo, si formamos nuestra escala de valores con ellos, careceremos del necesario criterio y capacidad crítica para poder tener una opinión formada. Desgraciadamente la mayoría de sumilleres, (especialmente los que están “aprendiendo”) catan casi en exclusiva estos sencillos vinos. Y si son las almas candorosas que se “alistan” a los cacareados cursos de Wset, peor me lo ponéis, pues ahí no van a catar nunca un gran vino, a pesar de lo que se podría pensar por la barbaridad de dinero que pagan.

Michael Broadbent, (el de la copa of course) uno de los pocos hígados que envidio

  1. Catar, catar y catar

Catar vinos es comparar, evaluar, medir, mensurar, valorar, tasar, equiparar. Pero también, tender la mirada, y escuchar a nuestros sentidos.

Solo comparando los vinos entre sí, sabremos cuales son mejores que otros.

Mantener la disciplina en la cata, tomar notas y tener la técnica adecuada, nos permitirá evaluar correctamente los vinos, solo así nuestro escalafón de vinos, nuestra vara de medir, será la correcta. Mucha atención a las catas con amiguetes, pues en ellas, todo se dispersa y diluye, siempre hay “mandones”, listillos logorreicos, o simplemente gente que intenta imponer su opinión por ego o por cualquier otro absurdo motivo, y todo, indefectiblemente, una y otra vez, acaba siendo vano y superfluo. En la cata de la foto de más abajo, el silencio de los catadores se podía palpar, a partir del cuarto vino, los asistentes entraron en una especie de introspección de la que no salieron hasta finalizar la cata, tal fue el respeto y el enorme impacto que causaron estos prodigiosos vinos en sus sentidos.

Juan Ferrer en el IVAM dirigiendo una vertical de Petrus de 12 añadas

  1. No tener manías.

Para ser un buen catador, es necesario no tener prejuicios, ni manías ni odios, ni siquiera preferencias por ningún tipo de vino. (vi de la terra)

No hay nada más cercano a la incultura que beber siempre el mismo tipo de vino, o vinos de la misma zona, despreciando otros de lugares que ni siquiera se conocen, y por tanto no se valoran.

“Yo soy de tintos”, o “yo soy de Ribera”, “A mí el cava no me gusta”, “odio los vinos dulces”, “el mejor blanco es un tinto”, estas frases recurrentes, manoseadas y demasiado oídas, son el germen de la ignorancia y la revelan en quien las profiere. En el desconocimiento está el menosprecio, la incultura es el origen de nuestra propia minusvalía vinícola, no hagamos alarde de ella diciendo alguna de estas estúpidas frases. 

  1. Asistir a Cursos y Catas.

Asistir a algún curso de vez en cuando y a todas las catas que nos sea posible, es una costumbre saludable, además de recomendable. Pero no es necesario convertirse en un “comecursos”, pues no por asistir a más cursos o reunir más diplomas, se aprenden más cosas.

Es deprimente ver como personas que han asistido a decenas de cursos, siguen cometiendo los mismos errores año tras año. Como son mesiánicos, esperan desesperadamente la implantación de manos que les de la sabiduría, pero esto no existe amigos.

Es necesario aplicar a la vida diaria lo que se aprende, si no, toda esa desidia habrá sido en vano.

Dirigiendo una cata de Syrah del Ródano (¿Cómo no?) con el trío LALALA y no es el coro de Massiel, sino LA MOULINE, LA LANDONNE Y LA TURQUE, la gran triología de Guigal en la amada Côte-Rôtie.

 

  1. Estudiar

Si uno no pone algo de su parte, la enseñanza y el aprendizaje se hace imposible. Es necesario estudiar, leer a los mejores autores, visitar infinidad de webs, capturar fotos, artículos, ensayos, y tratar de aplicar esos conocimientos a nuestra vida diaria y a nuestra relación con el vino.

El vino, a diferencia de otros alimentos, nos aporta, además del goce y bienestar típicos, un placer intelectual que no poseen las demás bebidas, pero para percibirlo, tenemos que estar predispuestos cultural e incluso espiritualmente. 

  1. Olvidar el nacionalismo

Nada hay más estúpido que pensar que el vino que se elabora en tu tierra o en tu pueblo, es mejor que el que se hace en otras partes. Ese egocentrismo absurdo, se otorga por el mero hecho de nacer en un determinado sitio, es lo más alejado de la inteligencia que podemos practicar.

Los únicos que están exentos de esta plaga de estupidez humana, son los países no productores de vino, de hecho, cuando visitas alguno de ellos, echar un vistazo a las cartas de vino da gusto, ¡hay vinos de todo el mundo!, y se consumen sin reparos, censuras o prejuicios, vinos de cualquier país en tu casa. ¡Qué maravilla! 

  1. Compartir

La más bella puesta de sol, es apenas nada si la contemplamos solos.

Asimismo, el mejor vino del mundo, deberá forzosamente ser compartido con gente que sepa entenderlo y disfrutarlo. Las sinergias que se producen entre los catadores ante un gran vino son enormes, y ello nos hace disfrutarlo plenamente, tanto con los sentidos como con la mente.

  1. Disfrutar

Todos estos “mandamientos” se podrían resumir en uno solo, incluso en una sola palabra. Disfrutar.:

Porque si uno no disfruta del vino, si no obtiene placer de él, no será capaz de aprehenderlo, de emplear su tiempo y su dinero en él, de atrapar sus más recónditos misterios, porque como dijera en el siglo XII, el poeta místico Al-Farid en uno de sus más lúcidos poemas:

“Todas las cosas de este mundo

Existen gracias al vino.

Pero lo ocultan sabiamente

Ante el profano insensato.”

 Por tanto, no seas un insensato y apasiónate por el mundo del vino, es lo mejor que puedes hacer durante el resto de tu vida.

Juan Ferrer Espinosa  

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