HENRI JAYER ECHEZEAUX 1978
(Cielo líquido de Slava Tsukerman)
Antes de comenzar esta lectura, si es que os habéis decidido a ello, he de deciros que mis notas de cata siempre son demasiado largas y excesivamente personales, (casi siempre mezclo vino y cine, una sinestesia de la que no puedo ni quiero escapar) pues las escribo para mí, con la única intención de fijar mis recuerdos, de poder releer estas sensaciones dentro de unos años, cuando esté en Borgoña viendo cada atardecer desde mi mecedora (“Mose” en The Searchers, esa obra maestra absoluta de Ford, sin duda el Jayer del cine.) y esperando plácidamente el fin de mis días.
Es decir, no están resumidas, ni pre-digeridas ni siquiera deshuesadas y mucho menos están pensadas para que sean leídas por mucha gente de diversos estratos culturales.
Afortunadamente nunca serán “Trending Topic” en ningún sitio. Ni siquiera en mi calle.
Simplemente son “mis notas de cata”, sin mayores pretensiones.

FICHA DE CATA
Vino de bello color sangre, similar al ojo de una perdiz, con algunos tonos púrpura y caoba que no llegan a ser atejados, brillante y limpio. (2007 Pimienta Pantone 19-1557) sus lágrimas son de tamaño medio y no tienen ninguna prisa por deslizarse en las paredes de la copa.
Si lo removemos es un vino sigiloso, levemente denso, de formas redondeadas, mullido como un Rembrandt.
A primer golpe de nariz me encuentro ante un vino engañoso, aparentemente sencillo, casi naíf.
Pero al rondar los cinco minutos en la copa, y en pocos segundos se va convirtiendo en un gigante por momentos, crece tanto y tan deprisa que no me da tiempo a seguirlo, mis notas se atropellan unas a otras y los aromas y sabores asaltan mis sentidos como en sucesivas oleadas.
Sus primeros aromas me recuerdan a las Flores azules, Licor de cerezas ahumadas, con un lejano recuerdo de Cassis y rosa mosqueta. Más tarde la invasión de frutas rojas silvestres se hace patente en nuestra nariz, y finalmente los aromas de Raíces, madera de cedro, sándalo, palosanto e incienso toman posesión de nuestros sentidos. El último en aparecer es el componente animal: almizcle y piel de Rusia se pasean solemnemente por nuestro recuerdo.
Las sensaciones en la boca son múltiples y todas ellas agradables. Su entrada es discreta, casi de puntillas, (Audrey encaramada en un árbol en Sabrina), para posteriormente desarrollar una enorme sapidez y suculencia. Se muestra como un vino jugoso, repleto de frutas silvestres: Fresas salvajes, cerezas maduras, grosella, frambuesas y un fugaz recuerdo de arrayanes y hojas de mirto.
Por momentos parece que quiera ser un vino jovial y saltarín, pero su estirpe le hace ser regio y formal, elegante y profundo, (de nuevo Audrey en Vacaciones en Roma) pero nos deja ver un lado agreste y casi salvaje que le dota de un encanto arrebatador. Algo así como esa bella niña adolescente, que esconde una pantera detrás de sus falsos y relamidos modales y su vestidito aburguesado. Irremediablemente me recuerda a Sue Lyon en La Noche de la Iguana, pero en el fondo sé que es Jean Seberg en Bonjour Tristesse.
Porque no es un vino voluptuoso sino elegante, no es una niñata recién llegada con curvas postizas de silicona, sino una mujer, una bella mujer con pasado, con clase, con cultura, con equilibrio y elegancia, (Grace Kelly o Gracia de Mónaco) es decir posee de forma natural todas esas virtudes que un buen enólogo nunca podrá conseguir sistemáticamente.

El recuerdo final que ha quedado grabado en mi alma es similar al de una mezcla imposible de rosas marchitas, cerezas ahumadas, cedro, palosanto e incienso y unas cuantas divas del cine clásico.
Tiene sensaciones que me recuerdan a un Domaine Romanée Conti y aspectos de Musigny, vamos que es algo así como tener recuerdos vívidos de Ava Gardner y Sophia Loren. 
El cielo, en definitiva.
Es decir, estamos hablando de una época que ya no existe, de un estilo de vinos que murió, al igual que desaparecieron las grandes estrellas del cine. (Gloria Swanson, Greta Garbo o Lillian Gish) Algo épico e irreproducible, que nunca volverá.
Afortunadamente el vino, el gran vino, (al igual que el gran cine) tiene esa facultad de hacernos recrear el pasado y emocionarnos hasta lo más profundo de nuestro ser, (lloro mientras recreo este vino) y una vez dentro de él, de nuestra mente, el vino se torna inmortal.

Ficha de cata realizada por Juan Ferrer Espinosa
para Vinos Enópata ©

Posdata:
He obviado deliberadamente la información técnica de Henri Jayer, de Echezeaux y de la soberbia añada de 1978, pues eso daría para escribir un libro y ya me he enrollado demasiado y, además, creo que Facebook no es el soporte adecuado para ello.

Posdata dos:
Disfrutado en la más absoluta soledad, en mitad de la noche, mirando a las estrellas con mi inseparable Stradivarius, un día de primavera de hace más de 20 años.