CRÓNICA DE LA CATA DE PETRUS

“Las llaves del cielo”

Todo empezó hace unos dos años, (1.999) cuando tratando de averiguar (mi inglés no existe) lo que decía una revista especializada en vinos norteamericana (no recuerdo cual), leí que:

una cata vertical de Petrus, con sus mejores añadas no se había hecho nunca en el mundo, ni siquiera Robert Parker o Christian Moueix habían catado las mejores cosechas de Petrus juntas; me quedé pensativo y extrañado al tiempo, para mi Petrus era (y es) el mejor vino que existe, y no podía entender que en la Tierra, con toda su enormidad, y con la cantidad de enópatas que la habitan, no hubiera habido nadie que se decidiera a emprender esta aventura; yo llevaba unos cuantos años dirigiendo catas, y tuve la certeza en aquel preciso instante, que esa era la cata que quería hacer en un futuro.

Año y medio más tarde, y después de unas 260 catas dirigidas, me sentí con fuerzas suficientes para atacar la mítica cumbre: Petrus.

Me impuse un plazo cien días para conseguir las preciadas botellas y organizar toda la logística de la gran cata, al final me faltaron un par de semanas para la faena de aliño, pero a decir por los asistentes, la cata fue perfecta, “como tocar el cielo con las manos”, no en vano el subtítulo de la cata era “Las llaves del cielo”.

A finales de septiembre comencé mi particular “Calvario”, (y no precisamente el de Miguel Ángel de Gregorio), primero en todas las grandes tiendas de España, ninguna de ellas tenía los Petrus que me interesaban, y si tenían alguno era siempre a precios estratosféricos, totalmente fuera de toda lógica y presupuesto, después contacté con tiendas europeas, habitualmente mejor provistas y con mejores precios, una de ellas Skorupa de Alemania me encontró en poco tiempo tres de las añadas más difíciles, me dije a mi mismo “esto marcha”, luego estuve casi un mes que no encontraba ni una sola botella por ningún sitio, -a precio humano se entiende- mi último recurso eran las salas de subastas, comencé acreditandome en Christie´s y en Shoteby´s, entregando avales bancarios, pujando duro por todo los Petrus que me interesaban, contactando con coleccionistas privados de todo el mundo, pidiéndoles añadas, precios, fechas de envío, etc.

Me esperaban miles de kilómetros por toda Europa (Italia, Suiza, Alemania, Bélgica y por supuesto Francia), pero estaba decidido a recorrer cada uno de ellos en busca de mi objetivo.

A los 60 días tenía todas las añadas localizadas y casi pagadas, “solo” faltaba encontrar a 16 fanáticos del vino, a 16 enópatas que pudieran compartir los enormes gastos de la cata conmigo.

Empecé a enviar e-mails como un loco, a todo aquel que pudiera sospechar que le interesaba venir a la cata, y por supuesto que pudiera pagarla, tras un frenético mes, y más de 1.200 correos electrónicos después, (entonces no existían los programas de envíos masivos) estaba con 10 catadores confirmados, a razón de 2.000 euros cada uno, perdía casi dos millones de pesetas (12.000 €) si todo quedaba así, y a pesar de ello estaba dispuesto a hacer la cata, ya era cuestión de honor.

Afortunadamente a pocas horas del día D, encontré como venido del cielo, un patrocinador, el grupo H.E.B.E., (Borja Osborne) le conté mi azarosa historia y enternecido por mi cabezonería, se ofreció generosamente a paliar gran parte de las pérdidas que me había producido la cata de Petrus. A cambio quería publicar mis fichas de cata en la revista de su grupo comercial, lo que no intuí yo en ese momento, es que además quería firmar mis fichas de cata con su nombre.

A todos los posibles vendedores les pedía fotografías de las botellas y un pequeño historial, es decir que me explicaran de donde las habían sacado, quien las había tenido anteriormente, en qué condiciones había sido conservadas, etc.

Si les pillaba en cualquier error, inmediatamente desestimada la compra de la botella; si tenía dudas razonables, y la botella estaba en Europa, cogía el coche y me iba sin pensarlo a visitar la bodega del coleccionista.

Por ejemplo, un cachondo de Brasil, me decía que “la botella ha estado conservada en perfectas condiciones, a 22 grados centígrados y un 90 % de humedad”, otro me contó que la botella estaba como nueva, y al recibir las fotografías, el nivel del vino no llegaba ni a los hombros.

Una de las mejores añadas, la de 1.982, la compré a un receloso coleccionista de Pau, que no quería ni mandarla por correo, ni dar datos de su banco para poder pagarla, así que tuvimos que coger el coche e ir hasta Pau, curiosamente atravesando un fantasmal túnel de Somport  que todavía no estaba inaugurado oficialmente, y que por despiste nos metimos en él, tras muchas señales de dirección prohibida y de acceso en obras, conseguimos salir.  Una vez en Pau, habíamos quedado con nuestro cauteloso coleccionista en una plaza rodeada de una frondosa arboleda de plátanos, estuvimos un buen rato en una terraza tratando de averiguar cuál de los paseantes era nuestro hombre, hasta que apareció un cincuentón con barba de lobo marino, y sin nada en las manos, pero no paraba de rondarnos, hasta que me levanté y me acerque a él con cierta prudencia y exclamé:  “monsieur Petrus”, y al hombre se le iluminó la cara, nos hizo seguirlo a paso ligero hasta una furgoneta Citroën 2 caballos, algo desvencijada, y allí estaba nuestra anhelada joya, reposando en el asiento delantero derecho, dentro de un estuche decorado con motivos navideños  (estábamos a principios de octubre), muy serio, le pedí examinar la botella, mientras lo hacía miré de reojo al Lobo de mar, y estaba libido, ansioso, como si en ello le fuese la vida, una vez hube terminado el minucioso escrutinio de la botella, le dije con cierto tono gutural a la chica que me acompañaba ¡Pagale!, al buen hombre se le iluminó la cara, cogió tembloroso el mazo de billetes de 20 euros (nos había dicho que quería billetes pequeños, como en las pelis policiacas) y los echó en el asiento donde estaba la botella (dándonos la espalda) y se puso a lanzarlos hacia arriba sin parar de decir: ¡Oh Lala!, ¡Oh Lala!, le insistí para que los contase momentos después de su repentina euforia, y cuando lo había hecho, empezó una especie de crisis logorreica aguda, comenzó a hablar de su entrañable amistad con Jean Claude Berrouet, con Madame Loubat, de todos los Petrus que habían pasado por sus manos, de los viejos tiempos, -de sus viejos tiempos-, insistió mucho en invitarnos a una botella de champagne en una especie de Brasserie de lujo que teníamos a unos 100 metros, y como es natural, aceptamos, pero no pudimos quedarnos mucho tiempo, el destino, una vez más cruel, nos reclamaba en Huesca, cenábamos con el amigo “bole” en el exquisito restaurante Las Torres, pero eso es otra historia.

Pusimos la botella a buen recaudo, refrigerada y protegida, dimos media vuelta y para casa, esta vez no tuvimos suerte, y el túnel de Somport estaba cerrado, (seguramente esperando que un politiquillo lo inaugurase) nos encaminamos por el difícil puerto de montaña, lloviendo torrencialmente, y al poco tiempo, empezó a nevar, y como una visión de película de Disney, se apareció ante nuestros ojos, un cervatillo, se quedó parado en medio de la carretera, detuvimos el coche, y más tarde la cruzó muy lentamente, sin dejar de mirarnos, y se perdió entre abetos ya cuajados de purísima nieve.

Desgraciadamente una de las grandes añadas de Petrus, la de 1961, se rompió por el camino, seguramente alguna estafeta de correos de algún pueblecito recóndito, todavía olerá a gloria, espero que no hayan fregado el suelo desde entonces; afortunadamente y al igual que sus hermanas estaba asegurada, y la compañía aseguradora -tras decenas de llamadas y mails- me pagó dos años más tarde, el 70% del importe que abone por ella. ¡Cabrones!

Otra de las botellas inicialmente previstas para la cata, la de 1975, la compre en una dinámica casa de subastas on-line, y todavía no la he recibido, seguramente no la recibiré nunca, todo huele a timo, pero tras muchas indagaciones, he localizado al “vendedor” en una pequeña tienda de Delicatessen en las afueras de París, …….. le haré una visita un día de estos, para estas cosas tengo mucha paciencia. (He de decir que la recuperé diez años más tarde, (2012) entrando a saco en la tienda y trincándola del climatizador donde habitaba)

Una de las botellas programada en un principio, de la añada de 1928 llegué a tenerla hasta por tres veces en mis manos, y no me decidí a comprarla puesto que consideré que ninguna estaba en condiciones óptimas de consumo. Vino de color parduzco, abundantes posos y nivel del vino muy bajo.

Cuando los coleccionistas o vendedores se enteraban que quería las botellas para beberlas junto con unos amigos en una cata, se quedaban estupefactos, ya que ellos consideran que esas míticas botellas solo tienen un valor facial, -como los sellos o las obras de arte pictóricas-, puesto que esas botellas de Petrus también son obras de arte, pero de otro arte mucho más difícil de realizar, donde no solo interviene el hombre, sino la naturaleza, el tiempo, el destino, la suerte, el corcho y también la genialidad.

Las caras de perplejidad de todas las personas del mundo del vino, que veían el programa de la cata, -y no daban crédito a sus ojos-, eran sorprendentes, muchos de ellos pensaban que era una broma pesada.

DIA D

Previa a la cata, se había hecho una cata de copas en el hotel NH de Reus, y la ganadora había sido la Spiegelau Authentis, me dije, tenemos que conseguir 200 copas “Authentis” para la cata de Petrus.  No fue sencillo, pero unas horas antes del día D, se avistó un Ford focus negro atiborrandose de 35 cajas de Spiegelau en un almacén de El Vendrell.

Y por fin, llegó el día de la cata.

A las 4 de la tarde, estábamos Julia y yo aparcando el coche, no cruzábamos ni una palabra, ni siquiera una mirada, tensión en los rostros, nervios, había llegado el gran día.

Al entrar a la sala del museo donde se iba a realizar la cata, veo que estaban todos los focos encendidos, hago apagarlos inmediatamente para que disminuya la temperatura, estábamos a 24 grados en la sala, y eso no es una temperatura de cata aceptable. Necesitaba 19/20 grados y un porcentaje de humedad muy alto.

En un rincón de la gran sala, me monto un par de mesas grandes a modo de gueridón, y dispongo todas las botellas, desde la mas joven (98) a mi izquierda, hasta la más vieja (45) a mi derecha, pongo por orden todos los decantadores, de diferentes superficies de aireación, el soplete y las tenazas de hierro forjado, que he traído por si alguna de las botellas más viejas la tengo que degollar, la maquina de decantación, diversos abridores, cuatro impitoyables, tres embudos : Ciego para las botellas más antiguas, curvo para las de mediana edad y recto, para las más jóvenes, etc.

Comienzo a enviar los decantadores, con un Chateau Gazin de 1995 que está excelso, no en vano es el vino que hemos escogido (previa cata de más de diez vinos del Pomerol) para esta delicada función.

De repente llega una persona de mantenimiento que había estado instalando los focos para la cata, y hace “hilo” conmigo, e inmediatamente empieza a hacer preguntas absurdas sobre los vinos, las personas que iban a venir, cuánto valían las botellas más caras, si le daba un bolígrafo, (encargué bolígrafos de madera de roble para la cata) o una copita de vino, etc. Ni le miro, para no darle aliento y que se crezca, es un “brasas” de tomo y lomo, un “cuñao” en toda regla, en un segundo que me descuido, coge airadamente un Petrus de 1970, me giro como una bestia, con la cara desencajada y ojos de odio y sin mediar palabra le arrancó de malos modos la botella de sus sucias manos, y le grito que se aleje inmediatamente de allí, el hombre, por su bien, entendió y se esfumó rápidamente.

Comienzo a abrir las botellas lentamente, quitando cuidadosamente todas las cápsulas, en las más viejas, dicha operación parece quirúrgica, con bisturí, y con muchísimo cuidado, para no remover los posibles posos y no dañar los envejecidos corchos.

Utilizo un abridor de láminas finísimas que compré en Burdeos hace algunos años, las he afilado por su parte interna, y reducido mediante lima a la mínima expresión, se requiere paciencia y precisión para utilizarlo, pero tengo mucha experiencia con él, y no tengo prisa, quedan más de dos horas y media para que lleguen los primeros catadores.

Voy abriendo una botella tras otra, analizo su estado, su color y su aroma, y las trasvaso con sumo cuidado a los decantadores más adecuados a su estado de conservación. Más tarde y tras una leve aireación, cato los vinos uno por uno,  con distintos impitoyables, buscando afanosamente ese defecto que pudiera invalidarlas para la cata.

Al mismo tiempo, voy tomando notas, de las cualidades de los vinos, para poder presentarlos posteriormente con mayor precisión, y además ver su evolución en el tiempo.

Algunas añadas me cuesta un trabajo tremendo volverlas a verter en el decantador, (hay aromas que nunca he percibido tan nítidos y puros como hoy) pero no hay más remedio.

Llego a la cosecha de 1982, y al decantarla, toda la sala de catas se llena de aroma de trufa negra, llamo a los cocineros y se quedan extasiados ante semejante intensidad aromática, nunca habían olido esto en un vino, la cosecha de  1.970 no se queda a la zaga, y despliega sus armas: trufa negra, cassis, cedro, grosellas, cacao, chocolate negro, arándanos, humus, todo un gran vino barroco e insuperable, la quintaesencia de Petrus.

Para mi comienza el momento más difícil de la noche, hasta ahora llevo 9 botellas abiertas y todas en perfectas condiciones, pero me quedan por abrir las tres botellas más ancianas, 1.966, 1.947 y 1.945, cada una de ellas vale una pequeña fortuna, con solo una de ellas que salga en malas condiciones, consideraré que he fracasado, que tantísimos kilómetros y tanto estudio sobre peritaje de botellas no habrán valido de nada. Comienzo a sudar, pregunto la temperatura, y estamos a 21,8 grados, son mis nervios, aunque mi pulso no titubea ni un milímetro cuando introduzco la primera lámina en el 66, el tapón está blando, no permite ninguna presión, al más mínimo error, se irá al fondo de la botella en menos de una décima de segundo, ante ese riesgo, pienso utilizar las tenazas de oporto, pero me concedo una intentona más, las láminas van penetrando con una suave balanceo, casi imperceptible, estoy rodeado de personal del restaurante La Sucursal, algunos haciendo fotos, otros con los ojos como platos, y a mi que me falta el oxígeno, llevo sin comer desde la noche anterior y  me entra cierto malestar, por fin, consigo que el corcho se mueva en el sentido de las agujas del reloj, ¡ya lo tengo! Les digo a mis pacientes espectadores, y lentamente, voy sacándolo milímetro a milímetro, hasta que sale, entero, sin rasguños, pero con la textura de la plastilina, impaciente limpio el gollete por la parte interna, y con el embudo ciego voy vertiendo el vino muy lentamente en el decantador, el aroma que desprende es inequívoco, de vino entero, potente, fruta negra, trufa, humus, carbón, pimienta, grafito, regaliz, ¡No puede estar malo!, Me digo a mi mismo, me pongo unos cinco centilitros en un impitoyable especializado en vinos viejos, y efectivamente, me encuentro con un vino acerado, medicamentoso, de gran estructura, todavía con músculo y algo de fruta madura, se diría que es similar a una escultura de Giacometti, o un Berruguete, delgado y nervudo, pero potente y expresivo.

Paso a la siguiente botella, un Petrus Van Der Meulen de 1947, 100 puntos Parker (como algunos de los que acababa de abrir), según Michael Broadbent de Christie’s, el mejor vino que ha catado en su vida, el corcho está repleto de moho negro en su parte superior, lo limpio cuidadosamente con un bisturí, y posteriormente con un paño, ya está a la vista, está algo contraído, ha perdido calibre, decido utilizar las finas láminas de acero, crecido por la botella anterior, curiosamente, penetran con inusitada suavidad, y extraigo el corcho sin mayor problema, en menos de 30 segundos, y en perfecto estado, algo endurecido y contraído, casi petrificado, pero entero. Respiro hondo. Bufffff

La decanto, y los aromas son casi de Oporto, muy nítidos, ciruelas rojas y negras, una vez en el impitoyable, destacan los aromas de Kasbah, tabaco oriental, cedro, humus, multitud de especias, pero también los aromas animales de algalia y el civeto, pero con pureza, nada molestos, el vino está entero, sin defectos.

Afronto el último asalto casi eufórico, tenía previsto degollar esta botella, pero me decido por mi querido sacacorchos de láminas una vez más, limpio de moho la parte superior, y me dispongo a introducir la primera lámina, el tema está difícil, el corcho parece pegado a las paredes de la botella, no se mueve, y si lo hace es hacia abajo, me lo tomo como un reto, y trato de introducir solo una lámina, dejando la otra fuera de la botella, con la finalidad de despegar el corcho, hago esta operación varias veces, y lo intento de nuevo con las dos, estoy sudando a mares, el público -ajeno a mi sufrimiento- sigue haciendo fotos, el corcho, cuando consigo moverlo, se hunde casi un centímetro, pero lo tengo casi pellizcado entre las dos láminas, aunque algo ladeado, con la palma de la mano voy empujando el sacacorchos solo por un lado, con suma cautela, luego giro la botella y hago el mismo movimiento, el tapón es de crema, consigo girarlo un cuarto de vuelta, y lo voy extrayendo lentamente, para luego penetrar de nuevo un poco  más, repito la misma operación una docena de veces, ya casi tengo medio corcho fuera, pero con mucha tendencia a partirse, sujetando con dos dedos la parte superior del corcho, consigo que las láminas penetren por completo, ¡es mío! exclamo eufórico, y sigo girando lentamente y terminó por sacarlo entero, tras diez minutos que se me han hecho eternos, cerrada ovación, todas las botellas están abiertas, todos los corchos en perfecto estado (teniendo en cuenta su edad).

Decanto la botella con el embudo ciego, no huelo a nada extraño, tengo la nariz casi pegada al gollete de la botella, estoy ansioso por catar el vino, pero hay un poco de poso y no puedo precipitarme al trasvasarlo, con dolor de corazón, me veo obligado a dejar unos centilitros en la botella, pero lo que hay en el decantador está limpio y cristalino.

Me sirvo una copa, y cuando pongo la nariz sobre ella, toco el cielo con las manos, estoy ante el mejor vino de mi vida, sin duda alguna. Antes  de tomar notas, me siento en la silla que todavía no había utilizado y me siento unos minutos;  .tengo calambres en las piernas- mientras tanto, pienso lo que me acaba de suceder: Acabo de abrir las doce mejores añadas de Petrus de la historia, están todas en perfecto estado de conservación, los corchos impecables, solo el 45 presenta algo de poso, pero muy poco, de repente, tengo la sensación de que mi trabajo ha terminado,  con estos mimbres nada puede fallar, son poco más de las cinco de la tarde, me relajo profundamente.

A partir de ahora comienza la diversión.

A las seis de la tarde compruebo el higrómetro y veo que estamos con un 50 % de humedad, me pongo a vaporizar agua destilada por toda la sala de catas, hasta que alcanzo el 70 % en pocos minutos.

Mientras vamos preparando la mesa de catas, con los programas, que por fin han quedado muy bonitos, encuadernados en fina piel de Rusia, y confeccionados con el mismo papel de las etiquetas de Petrus, también ponemos unos bolígrafos, hechos de madera de roble y acero, -materiales necesarios en la elaboración de los buenos vinos-, disponemos las plantillas, que al final las ha hecho Andrés Soler, han quedado magníficas, con etiquetas en color de cada uno de los vinos, numeramos las copas, ponemos las aguas minerales, (Ty Nant de Gales, por su finura, neutralidad y elegancia), los colines de pan tostado, y por último un regalo para nuestros catadores muy especial, como considero que los Petrus son demasiado elegantes para acompañarlos con cualquier tipo de comida, asociamos cada añada a una pieza musical compuesta el mismo año de la vendimia, damos a cada catador un CD de música con 12 obras compuestas en las mismas añadas de los Petrus y un CD que contiene más de 500 imágenes relacionadas con el gran mito Petrus.

Por último, invito a la cata a Manuela Romeralo, la Sumiller del Restaurante La Sucursal, por ser una buena amiga mía (Hoy en día se que no era así) y también por que la cata coincide con su cumpleaños (no digo cuantos, aunque todavía se podría decir), más tarde cuando ha pasado todo el vendaval, me dice con la mirada perdida:

 “Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida”.

Vuelvo a pulverizar agua destilada por la sala.

Llegan las 7 de la tarde, la hora en que habíamos citado a los catadores, todavía estoy sin cambiar, mi mujer me trae la ropa de gala para la cata, pajarita, gemelos, chaqueta cruzada de Hugo Boss, etc. Me lavo rápidamente, me cambio, y salgo a recibir a los primeros catadores y a obsequiarles con champagne Louis Roederer “Cristal” de las añadas 95 y 96, van llegando con tremenda puntualidad, a las siete y diez de la tarde estamos todos, también un fotógrafo del diario Levante, que me cita para ir donde están los Petrus y hacerme una sesión fotográfica, pues piensan sacarnos en el periódico al día siguiente, 10 minutos interminables de posturitas y fotos (no me gusta salir en ellas, y me encanta hacerlas) y salgo rápidamente a reencontrarme con los catadores, por desgracia el magnífico Roederer “Cristal” ha desaparecido, no conseguí probarlo. ¡Puto fotógrafo!

Alea jacta est.

Ya son las 19,30 con extraña puntualidad entramos en la sala de catas, se encienden todos los focos, y ¡comienza el espectáculo!

La secuencia de los vinos es simple, están ordenados del más joven al más viejo, tras barajar muchas opciones me he quedado con esta, los vinos van saliendo puntualmente a la mesa, con un ritmo de unos 15 minutos por vino, los catadores se quedan sin adjetivos al poco de comenzar; en un momento u otro de la cata, todos se van quedando mudos, sorprendidos, perplejos, ante la magnanimidad de los vinos que nos van llegando. A partir del cuarto vino, el silencio de todos fue sepulcral.

Los voy presentando con calma, asociando hechos que ocurrieron en sus respectivas añadas, hablando de la elaboración, de sus cualidades organolépticas, observo que algún catador está asociando los vinos con frases que le sugieren, otros con imágenes, y algunos simplemente dejándose llevar por la emoción.

Veo en ellos caras de admiración, de alegría, de sorpresa, y también alguna lagrimita que otra en las mejillas de algunos catadores, muchos de ellos curtidos en mil batallas, yo también estoy emocionado, y mis mejillas empapadas, no esperaba tener el cielo tan al alcance de mi mano, al menos no tan pronto.

Al terminar, y a petición de José Antonio Muñoz se ofrece una cerrada ovación para los vinos, todos aplaudimos con entusiasmo infantil, también brindamos un efusivo aplauso a Julia, que nos ha marcado un ritmo de cata perfecto, y como una sombra, (como en ella es costumbre) ha ido posando sigilosamente las copas en nuestras plantillas.

Con tristeza (saudade) abandonamos la sala, para enfrentarnos a una exquisita cena que los hermanos Torres (con más de 50 estrellas Michelín en su historial y entonces poco conocidos) junto con el brillante equipo de cocina y sala de La Sucursal nos han preparado especialmente para nosotros.

Menú

  • -Ostra en Gelée con caviar iraní y crema de coliflor.
  • -Crema de erizo del mediterráneo.
  • -Terrina de foie-gras fría con milhojas de higos, ensalada de apio y manzana reineta.
  • -Bogavante Breton en court bouillon a la libeche.
  • -Araña de mar con crema suave de patata ratte y gambas de Denia.
  • -Guiso de cardos violetas con dados de trufa negra.
  • -Liebre a la Royal
  • -Sorbete de mandarina.
  • -Tarta de chocolate caliente con helado de vainilla de Madagascar.

Los vinos que acompañaron tan excelso menú fueron los siguientes:

  • Champagne Louis Roederer brut premier magnum
  • Château D´Yquem 1990 Sauternes
  • Champagne Dom Perignon 1993 Magnum
  • Quincha Corral de Bodegas Mustiguillo de Utiel  (Presentación mundial)
  • Domaine les Grandes Vignes Vaillant AOC Bonnezeaux 1997

Después de la cena todo son felicitaciones, especialmente para los cocineros que nos han sorprendido por su exquisita técnica, y por los innovadores sabores y aromas que hemos disfrutado.

Y como haría todo buen enópata: ¡Vuelta a empezar!

Son las tres de la madrugada pasadas, y Andrés y yo pasamos de nuevo a la sala de catas, a reencontrarnos con los restos de vino que hemos dejado, para ver como han evolucionado, completar las fichas de cata, y disfrutar de nuevo de sus aromas.

Se impone una recata rigurosa de todas las añadas, tras ocho horas abiertos, la mayoría de los vinos siguen sorprendiendo, por su viveza y poder, salvo el 47 del que no queda ni rastro, todos los demás siguen expresando lo mejor de si mismos, especialmente las añadas del 98, 89, 82, 70 y 45. El 66 sigue su particular batalla, mostrándose durísimo y acerado, todavía con potentes aromas empireumáticos y medicamentosos.

A las 5 de la madrugada, la recata formal de nuestras copas, va cediendo lentamente su paso al jolgorio y al desenfreno, y decidimos acabar hasta con la última gota de todas las copas, Andrés iba dando vueltas a la mesa, bebiéndose culillos de las añadas que más le habían gustado y exclamando con su habitual delicadeza:

 “¡Estoy cogiendo una mierda de Petrus!”.

Al mismo tiempo en el otro extremo de la sala había una especie de sesión de fotos “golfa”, con alguna imagen de “majo vestido trufado de Petrus”, acostado sobre la mesa, y rodeado de decantadores y botellas de Petrus por todas partes.

A las 6,30 de mañana, hemos terminado con todo, no queda ni una sola gota de Petrus en todo el edificio, “Hijos míos podéis marchar en paz” exclama mi amigo de entonces.

Al salir, mosqueado con la sesión fotográfica, digo:  “por que no vamos a la glorieta a por el periódico por si hemos salido”, y allí que nos vamos, y nada más pagarle al hombre que esta vendiéndolos en el Parterre, y mientras espero el cambio, sin bajar de coche, oigo un grito “Hemos ganado”, (ya sabéis, la victoria tiene muchos padres) habíamos salido en portada, primera cata de la historia de Valencia que sale en portada de un diario de información general.

http://www.levante-emv.es/levhoy021220/levante2.html

La mejor cata del mundo” reza el titular.

Gritos, jolgorio, abrazos, emoción y para casa, con la sonrisa en la boca y las gafas de sol colgadas penosamente de las orejas, con la sensación de que hemos hecho algo importante y que seguramente volveremos a repetir.

En contra de lo que pueda parecer, los asistentes a la cata no eran todos de un enorme poder adquisitivo (enopastosos), los había evidentemente, 2.200 euros no se gasta uno en vino y cena todos los días, (de hecho algunos de ellos vinieron en Jet privado hasta Valencia), pero otros, (estos si que son entrañables enópatas) pidieron prestamos a familiares, amigos, y a bancos para poder asistir y disfrutar esta peculiar cata.

Hubo algún contratiempo, ya sabéis, la cata perfecta no existe y no se puede ganar siempre.

Uno de los Louis Roederer “Cristal” nos salió con bouchone, ¡Puto Corcho!, ahora no podéis ni siquiera imaginar lo “volátil” que era, los asistentes, llevados por la visión de la etiqueta y el precio elevado del champagne, se lo bebieron sin respirar, con corcho y todo.

Lo único realmente negativo de la noche,-aunque sin mayor importancia-, fue que un catador, seguramente llevado por los efluvios celestiales del Petrus, se llevó mi flamante chaqueta cruzada Hugo Boss, lo que me extrañó es que la suya era muy distinta a la mía y varias tallas más pequeña, nunca he sabido nada de ella. Otro cabrón a la larga lista.

Eso me pasa por no respetar las normas más evidentes de etiqueta, la próxima vez no me la quitaré por mucho calor que haga, porque espero que haya varias próximas, (aunque no creo que las haga en este erial cultural llamado Valencia) además (parafraseando un título de Huxley) ya tengo el titulo de la siguiente cata de Petrus, se llamará:

“Nueva visita a un mundo feliz”, en esta nueva odisea tengo pensado catar las mejores añadas de esta vez (98, 95, 90, 89, 82, 70, 45 y 28) y añadirle algunas que no hemos catado (52, 75, 61 y 88) y que están consideradas como magníficas por la crítica mundial.

Por último, un empeño, y un reto:

Catar todas las añadas de Petrus de la historia, (a día de hoy llevo catadas 68 añadas, voy mal) no me he puesto un plazo temporal para ello, pero voy a intentarlo. ¿te vienes?

Juan Ferrer Espinosa para Vinos Enópata.  19 de diciembre de 2002